Gran fama ganada en el boca a boca me hizo asistir un día a la hora de obertura de este local. En ocasiones me encandila la idea de abrir y cerrar un restaurante, de ser el primer comensal que se presenta y engullir hasta ser el último que se va, pues si la comida es deliciosa entenderán ustedes que no me supone grato esfuerzo.

Me enfebrece el huraño rostro del representante del establecimiento cada vez que ordeno un nuevo plato para degustar. Los oigo en mi cabeza y sus burlas no hacen más que alimentarme y agilizar mi digestión para encargar el siguiente plato.
Y yo, lugareño y párroco de los asiáticos, experto en su sabor y conocedor de sus gustos y sus deliciosos sabores mundanos, no podía permitir no haber visitado este que tan buena fama tenía y del que llegaban a mis oídos grandes dichas y soliloquios.
Así lo llevé a cabo, pues me encanta sentirme el dueño del lugar, mas les diré que apenas gocé de dicho ágape.

No me enamoró con sus sabores, mi paladar resultó cansado prontamente del mismo gusto, de la variedad que se asemeja pero que todo sabe igual… Me indigné en demasía y me fui tras dos horas engullendo sin parar, pero con cara agria.
No les diré que no valga la pena la visita, pero el sabor no me dejó sin palabras, me resultó lejano, no he salido del emplazamiento con la dependencia absoluta y eterna de su sabor.
Mas ¿qué es el sabor auténtico, que me lleva a mí a recorrer el mundo danzando para encontrarlo? Algún día lo encontraré y en una gran pasión comeremos juntos y entonces cerraré los ojos y, al fin, me sentiré colmado.

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