Si comida japonesa en Palma está usted deseando, yo Udon no le estoy recomendando. Demasiado azucarado, japonés adulterado. Además yo fui con un amigo nini que me dió la brasa, acabé torturado como Tomasa. Pero si quiere reirse de mi desventura, lea esta reseña con soltura.
Reseña
Mi amigo Benigno es nini. Ni estudia, ni trabaja, ni sé cómo los días le pasan contemplando el inmenso vacío de la inutilidad de su existencia.
Tiene cuarenta y dos años y vive con su madre, que le raciona el dinero de la gasolina y le da una paga como si fuera un prepúber de escueta barba y sufriera un brote de acné severo. Aún duerme con su pijama de Spaiderman de la adolescencia.

Cada dos o tres años, Benigno me invita a comer con él. Evidentemente me llama a que asista, porque cada cual apoquina el valor de su plato, que su retribución por su ociosidad no alcanza para más.
Esta vez, tras mucho tiempo sin tener nuevas uno del otro, Benigno eligió Udon para comer. Yo, que ya saben ustedes soy un gourmet versado en el arte culinario, accedí, aunque fuera movido por la curiosidad o el morbo de entender su forma de vida, cómoda y sin preocupaciones aparentes.
Benigno tiene un problema (o dos, porque el primero es ser nini) y es que habla en demasía y aburriría a un santo con su letanía imparable. Cuando llevábamos media hora, en la que me narró sus desventuras diarias y como su madre le había regalado un televisor para no tener que levantarse de la cama para desayunar, decidí centrarme en mi comida. Y la verdad es que también encontré que era empalagoso, como su monólogo.

Los entrantes (unas gyozas desprovistas de pasión) fueron la antesala de un acto sin emoción e indiferente, así como yo me siento hacia para Benigno. El segundo plato fue aún más nini: ni sabroso, ni carismático.
Les confesaré que es la primera vez en mi existencia frondosa, servil y trabajadora que me lleno la panza cantarina con una sopa de udon que se me antojó dulce en demasía, patrocinada por nuestros buenos amigos de la industria azucarera.
Mi orgullo proletario, que había dado el callo por ganar el dinero con el que apoquinar tal ágape, se sintió irritado. Sinceramente, Benigno miraba con fulgor y deseo lujurioso mi postre, así que se lo cedí como hacen los buenos camaradas, mientras él conversaba sobre los pormenores de abrir una funeraria con su madre.

Pero Benigno tiene imaginación de sobras para encontrar sabor a esta comida y para hablar durante tres horas de negocios que nunca pondrá, pues es un nini de categoría, como bien ustedes sabrán a estas alturas de la narración. La madre de Benigno tomó café con nosotros.
Había pasado la mañana entre pesquisas para cubrir el desmesurado trasero de su hijo con unos pantalones a juego con su holgazanería. Yo, por mi parte, le pagué el café, porque esa mujer tiene el cielo ganado. «Una funeraria es un buen negocio, todo el mundo la necesita» decía Benigno, brillando de emoción y hablando del rótulo que pondría en el local que ni siquiera tenía.
Sé que no pondrá ese negocio. Cuando quedemos dentro de dos o tres años, querrá montar una tienda de horquillas para el pelo, o peor, un local Udon. Y servirá un caldo nini: ni ambicioso ni impactante. Como él mismo.
Más sobre Udon
Ubicación: Avinguda del Comte Sallent, 12, Palma
Precios: Fíjense que, para la bazofia que comí, me pareció caro.
Atención: Pasable, como la conversación que tuve con Benigno.
Ambiente: Algo demasiado cerca de la mesa adjunta, la verdad.
Web: https://www.udon.com/restaurante/udon-palma
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