El gourmet volvió y cambiado lo encontró
Si ustedes hacen un buen uso de sus preciados dedos y deslizan su rueda del ratón hacia abajo esta misma página, encontrarán que cuando este local era un infante yo efectué mi primera visita y lo encontré original y, ante todo, delicioso.

Pues yo, estómago indomable de hierro, he vuelto, me he personado otra vez en tan insigne local con la máscara de la incógnita, esperando abastecerme del mejor sushi, de pegarme un atracón mayúsculo que anulara mi capacidad de engullir durante las próximas dos semanas, pues tan grande era mi gula y tan abismal mi apetito.
La carta debo decirles que había mutado. Sorprendido pedimos entrantes, sushi y todo cuando mi estómago pudiera ingerir que, ya saben ustedes, es de tamaño mastodóntico.
El sashimi ha sido relegado únicamente a las horas vespertinas, con gran desacierto. La tempura me decepcionó, tal vez la había sublimado en mi recuerdo, pero en esta coyuntura no se me asemejó deliciosa, pues oleosa era en exceso y escaso de sabor.

Fui con mi buen amigo Atanasio, con quien además de ingerir una buena cantidad de platos, degustamos todo lo que hubiera en la carta entre los dos, pues ambos somos de buen ver y de barrigas tan grandes como nuestros corazones.
La comida me pareció ordinaria esta vez, no tan suculenta como en mi primera visita, normalilla y convencional, sin nada que lo diferencie de otros asiáticos. Mis memorias lloraron, perdido en el recuerdo del gusto por la excelencia.
No amigos, esta vez no me enamoró, no encontré en este local la gloria de haber descubierto un lugar único y diferente. Y por si estos hechos no fueran ya dignos del más profundo sollozo, del más cavernoso llanto, tuvimos un espectáculo deplorable protagonizado por dos padres desvergonzados y despreocupados y sus hijos deseosos de atención, que nos regalaron agudísimos chillidos que incomodaron nuestra experiencia gastronómica.

Pude sin duda cerciorar que agudos pueden ser los chillidos de los infantes y como es posible ignorarlos si estás acostumbrado a su espantoso timbre. Me importunó en demasía y mi sushi se tornó desconsolado y falto de afecto, tal como esas criaturas berreantes, manjar interrumpido por lamentos pueriles que me transportaron al auténtico infierno.
¿Volveré? Por supuesto, pero con no tan altas expectativas. Es un local de sushi más, de calidad media (antes excelente) y con variedad a la cual uno se acostumbra pronto. Si no gozas del pérfido gusto del condenado pepino, tus opciones decrecen. Mi favorito, el sushi flameado.
Solo por él volveré, para sumergirme en su eterno abrazo. Para, como dos amantes, ser uno solo, sushi y gourmet, un solo ser en la intimidad de las paredes de mi estómago, yo te haré mío para siempre.
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