Yo, más feroz que un t-rex ante su inocente presa comehierba que degusta un arbusto infeliz, más ansioso por clavar mis ávidos colmillos feroces en un buen trozo de carne chorreante de sangre caliente, me veo sentado en un restaurante de plantas por deseo de mi señora madre en el día de su aniversario.
Resignación y buena cara, mi progenitora merece ser, aunque erre terriblemente en su cometido, quien proclame nuestro destino culinario. A decir verdad, aún el enorme disgusto que llevaba yo encima por verme rodeado de ensaladas -tengo alergia al verde y sueño con el rojo de la carne poco hecha, de los hilos sangrientos del destino que me unen a ella, en una unión eterna entre carnívoro y su presa-, he de decir que comí en demasía.

El plato logró sorprenderme, aunque me hubiera encandilado más un buen filetón. Pedí -creo recordar- una ensalada de tres sabores que combinaba una con arroz, una de pasta y un wok, todo para rehuir del verde impuesto por el condicionamiento del factor lugar. Añado que se equivocaron y me pusieron uno de los platos que era propiedad de mi bienamada progenitora.
Cuando reparamos en el tremendo error, cuando me repuse de ver verde en mi plato y que mi semblante se torciera y me viera morir, los camareros se ofrecieron muy amablemente a arreglar el descosido, aunque mi señora madre, no conociendo la muerte en el rostro de su propio hijo, quitó importancia a tal colosal error y no quiso el cambio, por tanto, la tuve picoteando de mi plato -que era el suyo- y eso no hizo más que incrementar mi -ya de por sí- mala predisposición.
La ingesta de los alimentos me fue más placentera de lo que hubiera esperado. La ensalada italiana fue desprovista de amor y de la pasión italiana, pero se ganó mi afecto y mi admiración y por eso hice un buen trabajo digiriéndola. Los postres (hablo en plural) fueron deliciosos.
Se ve que toda mi familia -poco entrenada en el arte del gourmet- quedó saturada con tan solo una ensalada. Mis familiares fueron conquistados y yo, ni corto ni perezoso, pedí dos postres para mí, por qué necesitaba ingerir calorías para darle a la comida la fuerza de su nombre. Me encandiló la tarta de queso y la de crepes, para mi gusto, demasiado amarga.
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La misma tarta con chocolate con leche ganaría las delicias más exquisitas, más grandes y respetadas del planeta de este sistema solar. Poco más puedo añadir señoras y señores. Tan solo les recordaré que «No conquistas nada con una ensalada«, pero que si desean comer aquí, no saldrán decepcionados -pero tampoco maravillados-. Piensen como conquistadores, como un t-rex amenazante. Eso les dará la victoria. Saboreen la victoria, pues es deliciosa.
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