Gourmet Culto

«Comí como un emperador cantonés y eso que no llego ni a marqués»

Fornet de la Soca I

Confieso que no soy un ser ilegítimo y bochornoso. Escribo estas líneas con una profunda vergüenza, pues sepan ustedes que mis habilidades culinarias no difieren demasiado de las de un coleóptero, desafortunadamente.

Así pues y con estas guisas de descalabro, con el fogón chorreante de un grueso y pérfido aceite y tres huevos chamuscados en la sartén, me encontré en el atolladero inmenso al no tener nada que llevarme a la boca y, estando mi estómago en un agravado estado de desesperación, salí a la calle cartera en mano, dispuesto a poner fin a mi infortunio y a la vergüenza de mi estrepitoso fracaso.

Caminaba yo desalmado y profundamente hambriento, perdido por las intrincadas travesías de nuestra ciudad como alma errante, buscando saciar por un segundo mi desdicha, llenar mi espíritu con el sustento amoroso y abandonar mi horrible hedor a fracaso.

Así como quien da la mano amiga y salva a un semejante de una horrible adversidad, un dulce aroma llegó a mí y me sonrió una larga fila delante de este establecimiento, que me inspiró la confianza de una clientela satisfecha y hogareña.

Allá donde fueres haz lo que vieres, pues en tal alargada espera me presencié y luché contra la imperiosa necesidad de convertirme en un monstruo y transformar mi ser en un engendro avaricioso que tan solo ansía saciarse y acapara los víveres sin pensar en sus semejantes, tan solo por la codicia de no dejar nada sin catar.

Decidí desayunar de deliciosas panades -una típica de carne con guisantes de la huerta directa de Dios todopoderoso, una de sepia pescada en el mismísimo Olimpo y una última de col extraída de las profundidades de la bendita y consagrada tierra de los héroes sin capa- y me concedí el capricho de una formatjada de brossat i confitura de codony, porque la vida son dos días y más si eres portador del estigma de un elevado colesterol.

Desde entonces vivo en el recuerdo de tan delicioso ágape. Lloré felicidad, amigos míos, pues llevaba el fracaso tatuado en las venas mis lágrimas de complacencia lograron poner fin a tan deshonrada desdicha.

Tiraré mis sartenes, barreré mis despojos calcinados, arrojaré contra el suelo mi fogón y lo fragmentaré en mil pedazos irreconciliables, puesto que jamás los volveré a necesitar. Mis manos nunca más volverán a intentar el arte gastronómico, me rendiré con un historial de derrotas que jamás seré capaz de sobrellevar y mi vergüenza será acallada con estas delicias atemporales, llegadas por la tradición más certera.

Con tales prodigios gastronómicos al alcance de mi mano, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!

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