No es un secreto que preferiero la porcella a la paella.
Grano de arroz, tu que no has sido elevado, yo te desafio a que tengas mejor sabor, pues eres estéril en vida y poco apto para revolotear por el barro y hacer costra de fango sobre tu lomo adobado.
Porcella, tu que has sido bendecida con todos los dones, eres la representación perfecta del sofisticado paladar culinario. Tú sola, con tus muslos y tus costillas deliciosas, albergas en tu jugoso contoneo una obra maestra de perfección, una característica que emana de tus jugos, que golpea con tu crujiente piel al fuego asada.

De esta manera, tan jugosos platos fueron ante mi presentados, aunque ustedes ya saben quién blandió sobre su cuello rechoncho la medalla del sabor. La paella no me enamoró, aunque bien cabe decir que no es mi abanderada, no siento hacia ella predilección ni admiración secreta.
En cambio, tu sí que me enamoras, deliciosa porcella servida sobre bandeja magna, con tus patatas cual arcángeles que te adoran luciendo un vellocino de oro por dorados rizos. Las patatas tocan la lira y cantan tu bondad, mientras tu expones tu carne y me la dejas probar.
Bendecido. Yo quedo bendecido por tu generosidad, por tu tierna papada y tu dorada y suculenta costilla, tejedora de sueños y gestas cuotidianas. Que más quisiera yo cada día poderte jalar, poder sorber tus jugos como antídoto a la realidad.

El postre llegó, pero ya no me importaba. Nada era mejor que esa carne tierna y desmellada, desprovista de todo harapo que no lleve su nombre. Así yo comí en Binicomprat y disfruté tanto que tres platos de porcella ingerí.
Porcella, he quedado tan conforme, que te doy mi bendición urbi et orbe. Otras cosas fueron servidas, pero no merecen mi atención más que este delicioso lechón embadurnado de amor.
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