Apenas nada soy conocedor de la gastronomía del país coreano y no me avergüenzo de mostrar mi total y absoluta ignorancia, negligencia por mi parte de no haber mostrado antes un ápice de curiosidad. Así, me persono en Bibap, con la mente desnuda y desamueblada, vacía cual estudiante que no ha osado abrir su libro ante un examen de la más alta dificultad y se encomienda a un santo para que alguna catástrofe sobrevenida le libre del suplicio de entregar una hoja en blanco.

Así, tal cual, llego yo, inculto en mi saber coreano. Muy amablemente entienden en seguida mi situación y me honran por mi valentía de salir de mi zona de confort. Les indico que no esperaba un local tan pijo y lujoso, aunque bien situado en el centro en mi imaginación yo esperaba dragones de madera ricamente decorando el techo. No fue tal decoración la que encontré, mas todo era muy fino y delicado y, por algún motivo que mi mente no acaba de entender, falto de luz.
De primero un bibimbap que espero expectante y con falta de confianza en mi mismo por mi elección. Un huevo lo corona y me honra con una preciosa composición de verduras que ocultan una capa de arroz. El bol en que lo sirven se mantiene caliente y sus manos patosas y rechonchas tendrían bien de recordarlo. Me gustó este plato, con su punto justo de un picante amoroso.

De segundo un pollo con curry y piña. Este sabor ya no me impactó tanto y creo que pequé de conservador, aferrándome a un plato que no dista mucho de lo que yo siempre he considerado asiático. Me gustó con su dulce aroma de piña mesclada con curry, increible combinación, pero el bibimbap me impactó más por su apariencia desconocida.
Si como yo son desconocedores aún de las delicias que un buen restaurante coreano (según mi fuente de inteligencia restaurantil, creo que es el primero que ha abierto sus puertas en Palma) vegan, salgan de su zona de confort y abrancen la nueva religión del bibimbap. Muy recomendable.
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