Gourmet Culto

«Por la ensaïmada mi vida he hecho, la llevo tatuada en el pecho»

Aromas

Por la noble y ajetreada vila de Valldemossa mi atribulada cabeza dilapidaba convenciones sociales, ataduras invisibles que encadenan nuestra creatividad en pos del orden colectivo. De esta manera, yo profundamente sumergido en mis inquietantes pensamientos sobre las formas y maneras sociales imperantes, tuve que centrarme en algo más mundano, para no desfallecer a causa de agotamiento mental.

Debía callar la voz de mi cabeza, testaruda y pastelosa, que me chilla por dentro y tantas veces me deja desprovisto de ánimo vital. Fue por este motivo que acabé en Aromas, postergado entre el deseo de huir de mis compromisos sociales activos y la vergüenza de ser mal anfitrión.

Otro día les haré una larga disertación sobre la maña con la que mis camaradas peninsulares escogen mi hogar como si fuera un hotel para sus vacaciones navideñas y yo, que soy manso e inocentón, silencio mis más verdaderos deseos de mandarlos la dirección de un dulce hotel, puesto que para esto existen y solo ansio disfrutar de la tranquilidad de mi casa.

Por suerte en Aromas encontré descanso, un sosiego de paz mental y una enajenación dignas del más sabio maestro en el arte de ignorar a los demás. Pedimos chocolate caliente cual lava volcánica recién exprimida y cocas de patata para acompañar dicha velada.

Yo, feliz ante una gran taza de calentor entre mis dedos rechonchos, pude al fin sonreir. Su chocolate era dulce, delicado, caricias de amor en mis labios deshidratados.

Los quemullars simplemente perfectos, cosa importante puesto que una coca con un miga demasiado blanda podría fundirse al entrar en contacto con tan candente chocolate. Y en cambio, una coca demasiado tupida puede impedir la correcta penetración del chocolate en su interior, acabando con una mera capa que recubra su piel amarillenta. No fue el caso, las cocas de patata eran perfectas, de manera que no se desparramaban sobre el vertido dejando molestas migas y, a su vez, absorbían perfectamente los jugos sagrados de la semilla del cacao.

El sol se puso mientras yo, ajeno al barullo de mi alrededor, vaciaba mi chocolate. Entonces entendí ese dicho repetido insaciablemente incluso en el culebrón de más bajo presupuesto: que los placeres reales de la vida están en las cosas pequeñas.

Muy reconfortado me sentí en Aromas y el trato hacia mi persona, que debía tener una cara horrible, me animó a seguir con mi cometido, tomar las maletas de mis camaradas y enviarlos al aeropuerto con una sonrisa lo más falsa posible en mis labios, puesto que el chocolate los había tornado dulces y mi aliento era suave y delicado como este dulce tan amado, que me ha salvado y me ha hecho recobrar la compostura.

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