Gourmet Culto

«El escaparate de postres es una bendición, pero el colesterol tengo subido como una maldición»

Perseverantia Cafe Beach Club

¿Quien podría esperar que con un nombre tan pretencioso, este local justo delante del mar haría las delicias de los posturetis, pero que cuando a comida a mi me dejara mudo de la más sublime indiferencia?

Ya habrán deducido que fui arrastrado hasta este local en contra de mi voluntad, en una fiesta en la que me sentí desencajado durante toda su duración, que se me hizo más larga que una reunión con mi jefe y de la que guardo un muy amargo recuerdo que espero algún día poder olvidar.

No sé si sabrán ustedes que solo hay un plato que no me apasiona, que su sabor no me llena de amor fraternal por su composición pura. Trajeron al Gourmet Culto un restaurante de paella. ¿Podría ir peor este plan tan mal organizado? ¿O es que acaso todo este sidral ha sido improvisado?

Los comensales en la piscina entraban y empapaban con su risa contagiosa los rincones de este Beach Club, mientras que mi ánimo tornaba cada vez más negro al leer la carta y ver los desmadrados precios de esta infamia.

Por supuesto, no me decanté por la ominosa paella, ya que la aborrezco de todas las maneras posibles y me causa un terrible rechazo. Puede que les parezca yo un ser inflexible, pero llevaba una mala mañana en esta fiesta horrible y la comida no estaba subiéndome el ánimo como acostumbra a hacer cual analgésico que cura mis dolores del alma.

Mientras otros mascaban su paella reseca, yo me pedí un menú asiático para desquitarme. Las gambas rebozadas de entrantes eran correctas, aunque en su ADN estaba profundamente arraigado el rasgo del pescado congelado. Embadurnadas en salsa corriente tenían aun algo de salvación y tentado estuve de derramar la salsa en mi vaso y bebérmelo a morro para sentir algo de placer en este día atroz.

El primer plato fue un wok insípido, desalmado y sin corazón. La salsa quería de verdad animarlo, como una buena cheerleader que lucha incesante, agitando sus pompones para infundir moral al quarterback que marcará un tanto gracias a su desempeño. Pero sus esfuerzos cayeron en saco roto.

La verdura era falta de sazonador y las gambas pedían perdón a gritos por aparecer tiesas nadadoras de una salsa amarga y sin sonrisa. Comí esta bazofia sabiendo que pagaba el local, la piscina derramadora de felicidad, las vistas delante de un mar que me causaba tristeza y el nombre del local en inglés.

No recomiendo el Perseverantia Cafe Beach Club, porque su nombre es rimbombante y su comida indecente como esta fiesta a la que he sido arrastrado de la peor manera y en la que me he dado cuenta que mis amistades tal vez no me quieran demasiado.