Gourmet Culto

«El local era tan precioso que me sentí zarrapastroso»

Pizzería Pino

Verde es el cesped cuando está bien cuidado, verde es un sapo acolchado sobre una hoja holgazaneando en un estanque, verde es un cocodrilo navegante que por el Nilo trabaja errante para satisfacer la necesidad de dar trabajo a sus violentos y numerosos dientes. Verdes son los dinosaurios que pinta mi hijo sin talento alguno para sujetar correctamente una triste pintureta, pero que cuelgo en mi nevera orgulloso porque ante todo debo creer en él y apoyarlo en sus sueños.

Coincidiran conmigo que el verde es hermoso, pero no es el color que interesa sobre una masa fermentada y untada con tomate que se hace llamar pizza. Incluso mi hijo, de escaso talento pictorico, sabe que a la pizza no le corresponde dicho color.

Entonces, si estamos de acuerdo que en una pizza no usamos el esmeralda pincel, por qué aquí sirven una aberración de rúcula coronada. ¿Por qué mi mujer tuvo la osadía de, en su libre albedrío, pedir semejante esperpento? Pero no puedo quejarme señores, porque esta misma persona eligió a este Gourmet como compañero de vida, bien sabiendo que mi físico no es perfecto y que colecciono defectos.

De la pizza verde ya bastante me he quejado. La calzone les diré que no era para celebrarla como un gol, pero se dejaba comer de forma bastante amorosa. Era simple, con jamón york, champiñones, alcachofas y delicioso queso que todo lo cubre y lo recubre con su abrazo protector.

Aunque me gustó y me sació, aspecto importante a tener en cuenta, puesto que sin estar saciado esta reseña perdería su espíritu. Aun así, debo informarles que alguna cosa no me acabó de convencer de su masa. No era convalesciente, pero le faltaba cierta esponjosidad que le da el buen nombre a la pasta pizzera y que convierte este manjar en un plato distinguido alejado de la empanada y de una coca de trempó.

Su masa mucho se me quebraba en un llanto esperpéntico de pan desquebrajado y cuando a la boca el delicioso bocado llevaba, todo su contenido que debía depositar ardiente sobre mi lengua retozona sobre mi calzón se desparramaba. Incluso de esta guisa, la calzone era mejor que la pizza verde, que no probé ni pienso hacerlo jamás.

Tras esta filípica, tal vez ahora recuerdo que las Tortugas Ninja eran verdes y su comida preferida era la tan amada pizza, que por ella cantaban y bailaban en forma bípeda y con un total y absoluto desdén por el peso de su caparazón que debería impedirles dicha vida de lucha y lanzamiento de nunchakus.

Tal vez deba repensarmelo y pedirle a Miquelangelo sobre esta cuestión. Adiós les digo, amigos y lectores, puesto que me adentraré en las alcantarillas de Nueva York para conseguir tan noble empresa. Algún día tal vez les explique la respuesta…

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