Si un buen sushi servido en madera envejecida quiere usted catar, hasta sushi N1 tendrá que ventilar. Venga tras hacer footing u otro inmundo deporte, para que el sushi todos los nutrientes aporte. Pero si quiere saber qué pedir, lea esta reseñar sin escribir.
Reseña

En ocasiones, ser de naturaleza rolliza tiene sus impedimentos. A veces, tus propios familiares, tu propia sangre, en el resguardo que proporciona la cercanía y encandilado bajo la sombra de una inocente broma, hieren tus sentimientos con burlas hacia tu apariencia, que dejan peor cicatriz que la afilada daga del rechazo.
Así mi tío Luis propinó sagaces comentarios sobre mi engrosada apariencia durante el desarrollo del refrigerio familiar. Nadie corrió en mi auxilio, ni escuché trompetas de comprensión o defensa. Apenas pude degustar el delicioso piscolabis y, cuando mi presencia pasó inadvertida, desaparecí escaleras abajo y me puse a caminar sin rumbo, solo, dolido y avergonzado de mi mismo.

Apenas había comido. Lloré en un semáforo en rojo, unos jóvenes pasaron lentamente, pararon la moto y me llamaron «foca marina». Demasiadas emociones en un solo día. Sushi n1 fue el primer restaurante que vi y sin dudarlo entré para refugiarme de la crueldad del mundo, más debí comer fuera, exhibiéndome ante todo el mundo que pasaba y me regalaba una no pedida mirada de repulsión.
Me encontraba débil, insaciable y toda mi mantequilla era ansiedad. De entre la amplia oferta, me decanté por un menú enorme, de 40 piezas, y el camarero me miró con una enorme desaprobación. Pude leerle la mente en ese momento, llamándome obeso en su lengua materna, lo cual anegó mis ojos nuevamente de lágrimas de incomprensión.
Cuando llegó mi plato para cuatro o cinco personas para degustar en solitario, me sentí radiante ante su belleza, compuesta por piezas de preciosas tonalidades y con una fragancia placentera que me animaba a engullir. Y he de confesarles que estaba delicioso, que se me hizo paradisiaco y celestial.
Fue un ágape que me salvó, que me levantó el ánimo y me dio nueva vida. Engullí como si no hubiera mañana, tomando las piezas con las manos y llevándomelas a la boca de tres en tres, puesto que su increíble frescura y aroma colmaban mi alma y me proporcionaban el amor fraternal que tanto deseo.

Rápido acabé mi almuerzo, pues engullía como un pato ante tan gustosos manjares. Detrás del cristal, el camarero me observaba perplejo y le regalé una sonrisa con la boca llena de arroz y pescado deleitoso. Debió encontrarlo un espectáculo funesto, pues no volví a encontrármelo excepto en el momento del intercambio de su servicio por mi valioso dinero.
Tenía la barriga llena, estaba exultante y satisfecho por la manduca. Entonces me encontré a mi madre, que me abrazó y me abofeteó, porque me quiere y me odia a partes iguales, se siente orgullosa a la vez que le avergüenzan mis carnes. Me reprimió por abandonar la comida e irme a otro lugar a henchirme hasta reventar.
Mis familiares se conciernen por mi envergadura y querían hacerme entrar en razón con mofas y escarnios. Miré a los ojos a mi madre y le grité «soy una foca marina». Gordo y orgulloso, me acabé la coca-cola de un trago y di las gracias por la comida, que siempre te comprende y te cuida cuando los demás te abandonan.
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