Gourmet Culto

«El local era tan precioso que me sentí zarrapastroso»

Sushi del Carrefour

Les propongo un ejercicio de imaginación: junten en un mismo espacio -una cocina, por ejemplo- una cabra desquiciada y con un trastorno severo de disfunción vital y un duende del fuego que quema todo lo que mira con sus pupilas de láser.

Es un símil para que ustedes se hagan a la idea de mi pobre y mermada habilidad culinaria, repleta de caos y destrucción, una indomable fuerza maldita con la que fui marcado al nacer, un estigma que me imposibilita al correcto desarrollo de mis quehaceres diarios.

Así pues con el contexto de mi desdicha siempre presente, entenderán ustedes que a mí me entusiasmen estos fantásticos y merecederos de toda mi admiración puestos de comida preparada con amor, cariño y esmero, lista para engullir cómodamente en el sofá de mi casa mientras consumo telebasura, pues soy asiduo a llenar mi barriga y cerrar mi mente a cualquier estímulo que la haga discurrir.

Compré tres bandejas para mi regocijo propio, mas confesaré que cuando pasé por caja me sonrojé y me reprendí ante la mirada de reprobación y rechazo que se me ofreció, al verme hinchado por el centro de mi ser y continuar poniendo mi salud en una situación comprometida una vez más y con la certeza que volveré a hacerlo en un futuro inmediato.

Sin embargo, me sobrepuse con orgullo y me defendí de su rechazo con una mirada altanera y orgullosa, pues les pongo en conocimiento que el sushi es todo fibra y no engrandece el pandero, pueden comer tanto como gusten porque el pescado es sustancia y el arroz se baja con el simple y automático ejercicio de la respiración.

Sepan ustedes que el insigne cocinero que elabora el arte sushinario con sus expertas manos trata con producto que se me asemeja fresco y que, en ocasiones se presenta ante nosotros mejor que el de algunos restaurantes especializados en llenarnos de supuesto salmón que se equipara más bien con bilis reactiva.

Les seré sincero, el sushi carrefouriano no es para montar jolgorio y algarabía, pero puede uno dejarse llevar por el placer de un ágape tranquilo y engullir tanto como pueda en la comodidad de su hogar, sin ojos que le juzguen por llevarse a la boca la pieza número cincuenta y dos.

No es desmesuradamente asequible, pero menos da una cabra manipulando mi horno y un duende fogoso apuntándome con sus rayos láser para que sea yo quien entre en el crematorio… Por el mismo precio y con menos dolores de cabeza, sushi a mogollón y salsa rosa en mi televisión.

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