Gourmet Culto

Los cinnamon roll son mi perdición más ardiente, me gustan más que a Voldemort su serpiente. 

La Cocina China

Grandes rutas por portentosos y lujosos restaurantes ha recorrido mi estómago, que se ha crecido en arduas batallas por la dominación, jugos gástricos como una mar enfurecida digiriéndolo todo, sin distinción alguna.

Basto currículum tengo en degustar y muchos de ustedes ya conozcan mis andaduras: cuando oigo hablar de manjares deliciosos, salgo disparado en la búsqueda más absoluta del más auténtico e impetuoso sabor.

Así, con mis pies llenos de llagas por haber transitado duramente y durante largo tiempo el solitario camino del gourmet, me presenté cual prófugo, con barba de un lustro y la mirada fiera, como una bestia insaciable.

Degusté con mis queridos camaradas diversos menús, porqué somos gente de bien y deseábamos complacer nuestro paladar con todos los sabores posibles de este insigne lugar: así yo les recomiendo mi elección suprema, de la cual me congratulo y que me valió el título de anfitrión de la mesa: pollo al Kung Pao con anacardos.

Además tuvieron vía libre a través de nuestro esófago deliciosidades como el arroz tres delicias, ternera con salsa de ostras, fideos de arroz caseros y otras viandas que merecían distinción, pero que no recuerdo con que nombre mortal eran conocidas. Me sinceraré con ustedes, era deleitable, sin embargo nada extraordinario que lo hiciera magno, no más diferente de otros restaurantes asiáticos que ustedes puedan encontrar cerca de su barrio.

Sí, sin duda era un buen manjar y a un precio inmejorable, más si era el más suculento y soberbio, yo lo pongo en duda. Es un local para engullir vulgarmente y dejarse llevar más por lo económico de su precio que por la exquisitez.

Sentáronnos apartados, y amigos jamás seremos conocedores de si fue por precaución ante la amenaza del pútrido virus o si fue porqué damos más vergüenza ajena que un grupo de tímidas colegialas ante el mozo por quién suspira.

Además alzábamos la voz sin contemplaciones y proferíamos chillidos de disgusto, porqué nuestro buen amigo Riberto tuvo la osadía de confesar, mientras la salsa agridulce se escurría entre la comisura de sus labios, que la prosa Hemingway no era de su gusto y devoción.

Mis lectores, les diré que suerte tuvo tal indecente de no salir del lugar con salsa de ostras degotándole por la lacia melena, que se peina hacia delante intentado disimular su más que incipiente calva.

Mas no les entretendré con los aburridos detalles de por qué nuestro buen Riberto ha sido expulsado ad eternum de la Sagrada Orden de los Estómagos de Hierro por su pésimo gusto literario y su falta absoluta de raciocinio.

Mucho he hablado de mi velada (disculpen que me haya extendido en esta opinión) pero para mí siempre perdurará en el recuerdo, escuchar tal falacia mientras, en mi paladar, explota el sabor de los crujientes tallarines, tal gozo y tanta desdicha a la vez.

P.S: No se pierdan ustedes detalle del lugar, pues la ornamentación está trabajada de un modo peculiar y las sillas parecen de un decorado burdo de película de casas de vicio.

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