Gourmet Culto

«Aunque soy un experto Gourmet de ingenuo tengo el carnet»

Pizzería Àngela

Si ha vivido usted debajo de una piedra y jamás ha salido al exterior y tan solo conoce lo que ha visto desde los tristes y grises barrotes de su ventana, es probable que jamás haya conocido la magnífica Pizzería Àngela.

Aquí hacen pizzas de gran tamaño, más grande que el muro de la vergüenza que todos sentimos en nuestro interior, esa voz afligida y respingona que nos anula nuestra capacidad de ridiculizarnos a nosotros mismos y que tan solo el buen jugo de cebada es capaz de callar.

Para trasportar las cajas necesitarán ustedes brazos fuertes y voluminosos, entrenados con arduo esfuerzo en el gimnasio o bien necesitarán a Hércules tras sus doce trabajos, victorioso, con un cuerpo esbelto y digno de admiración por parte de los dioses más petulantes.

Las pizzas proporcionadas en cajas tan grandes como un transatlántico serán rápidamente ingeridas por sus amigos y conocidos, así como las personas que usted en secreto deteste pero no tenga más remedio que soportar y amargarse al escuchar la voz de tal alimaña de cloaca profunda.

Estas pizzas al gourmet culto de alto nivel en boca le parecieron, con una pasta gorda que recuerda a mi persona pero sin la abundancia y la excelencia de un buen queso pasteurizado.

Además, con una gran variedad de refrescos vienen estas pizzas, si bien usted podrá incluso elegir los gustos y variedades de estas consideradas latas de refresco, que yo les aconsejo que no sean todas de cerveza, puesto que no es la mejor marca la que ofrecen.

Sepan ustedes que hasta el inspirado momento de complacer su cerebro con esta reseña más que elaborada y de alto estánding, daba por sabido en mi interior que este local se llama Ca n’Àngela. Cuenta me doy ahora que llevo toda la vida diciéndolo mal, cual persona no cultivada y no como buen gourmet que yo si que soy. Espero que tengan buena consideración de mí y de mi frágil mollera, pues este error es garrafal y debo corregirlo de mi vocabulario.

Espero poder volver, aunque mi hijo ya empieza a ser un poco mayor para sentarse con su padre y otros amigos a comer sobre un césped esquivando regalos de la naturaleza de canes sin collar. Me emociona verlo crecer, pero su incipiente dependencia emocional al teléfono de bolsillo me preocupa. Como mínimo, hijo mío, si adolescente a tu tierna edad ya te sientes, lee las reseñas de tu padre y extiende su palabra culta y amada por cuantos otros imberbes y edad tetil, para que sientan la llamada de una sublime delicatessen italiana en esta pizzería tan fantástica y que buenos momentos nos ha regalado. Solo por eso yo te llevaré siempre en mi corazón Àngela, aunque no recuerde tu nombre en un acto de terrible desfachatez.

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